Ni chico ni de más
El mínimo es claro: el gato tiene que poder pararse sin agachar la cabeza, girar sobre sí mismo y echarse estirado. Si para darse vuelta necesita salir, el bolso le queda chico y el viaje se le hace largo.
Lo que sorprende es que más grande tampoco es mejor. En el auto, un bolso holgado deja que el gato se golpee contra las paredes en cada curva y cada frenada; el espacio justo lo contiene y llega más tranquilo. Por eso hay tres tallas y no una sola grande que sirva para todos.



