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Qué considerar

Ni chico ni de más

El mínimo es claro: el gato tiene que poder pararse sin agachar la cabeza, girar sobre sí mismo y echarse estirado. Si para darse vuelta necesita salir, el bolso le queda chico y el viaje se le hace largo.

Lo que sorprende es que más grande tampoco es mejor. En el auto, un bolso holgado deja que el gato se golpee contra las paredes en cada curva y cada frenada; el espacio justo lo contiene y llega más tranquilo. Por eso hay tres tallas y no una sola grande que sirva para todos.

Que no sea el objeto del veterinario

Si el bolso sale del clóset una vez al año y siempre termina en la consulta, el gato hace la asociación en un solo viaje y a partir de ahí pelea cada vez que lo ve. La pelea del día de la consulta empieza mucho antes de la consulta.

La solución no cuesta dinero: dejarlo abierto en el suelo de la casa, con una manta conocida adentro, como un mueble más. El gato termina metiéndose a dormir solo, y el día que hay que viajar ya es un lugar suyo y no una trampa.

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